Rojo antiguo.
Recorro la vista por el lugar y siento que un nudo en la garganta no me permite tragar.
—¿Son amigas tú y mi madre? —indago, siento que las casualidades no existen.
—Nos conocimos en el avión de regreso a Toledo —responde ella, medida, exacta,solo lo justo.
La chica es muy reservada, su coleta casual de la cafetería ahora es sustituida por un llamativo cabello rojo hasta la cintura.
—¡Bueno, hija, debo irme! —anuncia mi madre pavoneándose hacia mí—. Ale, querida, nos vemos en la tarde.
Salimos