Mégane y su madre se miraron, satisfechas.
Luego un ruido seco, brutal: la puerta de una habitación que se cerraba de golpe, seguida del clic de una cerradura bloqueada.
Chantelle, arrojada al interior como un vulgar objeto, cayó al suelo. Se levantó de un salto y se abalanzó hacia la puerta.
—¡Dejadme salir! —gritó aporreando—. ¡Quiero volver a mi casa! ¡No quiero quedarme aquí! ¡No voy a hacer lo que me obligáis a hacer!
Sus puños martilleaban la gruesa madera, sin respuesta. Sus lágrimas nub