—Muy bien, ve a asearte, estás arrastrado —dijo de forma inexpresiva.
—No necesitas decírmelo, es algo que no tengo que esperar que alguien me lo ordene —respondió con voz gélida sujetando la mano de Sophie para apartarla y que lo suelte. Lo vio irse por la puerta dándole la espalda y cerrándola tras de él.
Se sintió diferente de las otras veces que habló con él. No parecía ser el mismo, estaba más a la defensiva. Como si de nuevo avivara una intrínseca hostilidad entre ambos.
—Por dios santo