TREINTA Y CINCO

—¿Qué? El juez que presidía, que no había dicho una palabra en un tiempo, pareció sorprendido.

Los ojos de Isabella se cerraron y agachó la cabeza. A medida que su mente repasaba los eventos que la llevaron a perder a su hijo en ese momento, su corazón se sentía más pesado. Ese fue un recuerdo que hizo que un profundo dolor descansara en lo más profundo de su corazón.

—¿Aborto espontáneo? —preguntó el interrogador, con una voz que transmitía una especie de incertidumbre.

Sin decir una palabra,
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