El avión privado descendió sobre la isla como si el mar lo estuviera esperando. Abby seguía desnuda, sentada ahora en el asiento de cuero blanco, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando cubrirse sin lograrlo. Sentía los latidos en la garganta. No era frío; era vergüenza. Exposición. Vulnerabilidad disfrazada de orden. Evan la observaba con calma desde el asiento de enfrente. Esa mirada segura, dueña de sí, como si el mundo siempre se acomodara a su paso. No se apresuró a darle ropa.