Hallé a los Collins en la cocina, hablando en susurros mientras Mike trataba de tomar un té sin que el temblor de sus manos se lo volcara en la camisa. Valeriana, sin duda. Yo necesitaba tres litros.
—Váyanse a casa —les dije, tan superada por la situación que sonaba amable—. Tómense el resto del día.
Susan me enfrentó como si yo fuera un asesino serial bañado en la sangre de su madre. —¡Les habla! —chilló—. ¡Habla con los espíritus!
Su acusación me desconcertó. —Pues sí. Cuesta ignorarlos, sie