—¡Marcella! —susurró Piero, mientras acariciaba su cuerpo.
—Piero, detente —dijo ella en un hilo de voz.
¿De verdad deseaba, que él se detuviera? Realmente no, ella ansiaba tanto aquel momento, como él. Piero continuó deslizando sus manos por su espalda, hasta llegar a sus glúteos y apretando con fuerza su cuerpo contra el de ella, Marcella dejó escapar un gemido. Aquel gemido incitó al hombre a seguir besándola y rozando su intimidad con su falo encendido.
Pronto, las ropas comenzaron a sa