Aunque pareciera que la artífice de las desgracias de los Townsend parecía haber sido tragada por la tierra, ella permanecía agazapada en la oscuridad, ocupándose de seguir cada paso que Blake y Maddie daban.
El aire del cuarto era espeso, cargado del olor a tabaco y alcohol barato. La luz tenue apenas iluminaba las paredes cubiertas de humedad, donde el papel tapiz se despegaba en jirones como piel muerta. En el suelo, un cenicero desbordado y botellas vacías daban testimonio de noches sin sue