Capítulo 5

El amanecer de aquel 1 de diciembre nos hizo saber que no había sido el efecto de los limoncellos lo que nos hizo hacer y decir todo aquello la noche anterior. Fue despertar gracias al sol que se asomaba por aquel ventanal, fue vernos abrazados desnudos sobre aquella cama y sonreírnos como diciéndonos que todo aquello había sido la mayor certeza de nuestras vidas. Nos sonreímos de manera cómplice y tal y como si fuera una nueva urgencia, nos volvimos a besar hasta que mi cuerpo se acomodó sobre el suyo en aquella cama.

Era la cuarta vez que le hacia el amor, y es que la noche se había hecho infinita entre un “round” y otro, pero las ganas seguían más vigentes que nunca. Me estaba convirtiendo en un adicto a Alegra Insua y no me daba cuenta, a ella por su parte, parece que le ocurría lo mismo, lo note en la manera que me besaba, en el modo que me tocaba y en esa perfecta manera de moverse sobre mí. En aquella habitación de hotel en Nápoles se dio lugar a gemidos que retumbaban entre las cuatro paredes, todo era magia pura, éramos ella, yo, y todo esto que no sabíamos que era, pero era y ya.

—Te lo vuelvo a repetir…— dije agitado con sus manos apoyadas sobre mi pecho mientras sus caderas se movían de manera perfecta hundiéndose una y otra vez en mi con mis manos en su cintura.

Ella se inclinó un poco, me beso y lleve una de mis manos a su nuca para sostenerla y que no se alejara de mi boca —¿Qué cosa?— pregunto y sonreír.

—Sin el efecto de los limoncellos te lo pregunto. — Conseguí decir — ¿Te casarías conmigo? — pregunté y si, estaba loco, si, podía ser que no estuviera pensando con claridad en ese momento, pero la pregunta fue hecha bajo todo lo que me ocurría con ella y nunca me había ocurrido con nadie.

Ella se detuvo un instante y me frustro que lo hiciera, pero luego me beso —te dije que si seguí pensando igual sin el efecto de los limoncellos tal vez te decía que si. — me repitió y sonreí.

—¿Es un si entonces? — cuestione y asintió.

—Es un sí. — sentencio y luego un movimiento perfecto nos llevó una vez más a todo ese caos que nos empezaba a encantar sentir juntos. Aprisione su cuerpo entre mis brazos e hice que giráramos hasta que yo quedara sobre ella y fue así como mis envestidas tomaron un ritmo despiadado que nos llevó al placer absoluto al poco tiempo.

[…]

Bajo el efecto de aquel amanecer, nos vestimos, desayunamos y nos fuimos a la estación de tren para regresar a Roma. Se podría decir que aquel trayecto nos hizo ver la locura que habíamos cometido, nos comprometimos por llamarlo así y al contrario de estar “asustados” o “arrepentirnos”, estuvimos todo el viaje planificando una boda sencilla y poniéndonos de acuerdo en cómo viviríamos nuestra “nueva” vida. Le hable de mi familia, ella me hablo de la suya, hablamos de que parte de Miami vivíamos, de cómo eran nuestro estilo de vida y otras cuestiones tal y como si lleváramos un noviazgo de años.

Éramos conscientes de que nuestro ámbito no vería esta decisión como algo coherente, pero a nosotros simplemente no nos importaba nada, solo queríamos pasar una vida juntos. En aquel tren decidimos que sería una boda íntima y con un acuerdo legal de por medio, el cual ella propuso para que yo no pensara que se casaba conmigo por interés ya que le había dicho que era no solamente un ingeniero, sino un empresario y también le conté acerca de mis proyectos laborales.

Resulto ser que, en aquel viaje a Italia en mitad del invierno, ambos encontramos el amor. No podíamos dejar de pensar en la locura que estábamos cometiendo, pero al mismo tiempo nos sentíamos tan plenos cuando estábamos juntos, que no nos importaba nada más que eso.

[…]

La llegada a Roma se convirtió en un desfile de besos mientras que caminábamos sus calles bajo el efecto de aquel atardecer después de haber pasado por el hotel a cambiarnos. El café se convirtió en una conversación acerca de la vida, la cena en una romántica donde nos sinceramos con nuestros sentimientos diciéndonos palabras que parecían imposibles en este corto tiempo.

La noche calló en la ciudad, pero faltaba una cosa por hacer y lo hice. Junto a ella entre a un local de Tiffany y le pedí a la mujer que nos atendió que nos mostrara los anillos de compromiso más hermosos que tuviera. Le insistí a Alegra que eligiera alguno, pero ella fue quien quiso que fuera yo quien lo eligiera y así fue.

Elegí un anillo con un hermoso diamante y un cintillo haciendo juego rodeado de diamantes más pequeños que al salir del local coloque en el dedo anular de su mano izquierda. Nuestras miradas se cruzaron en aquel instante y el mundo se detuvo sin importar nada de nuestro alrededor, solo éramos nosotros y un beso que sello el momento el cual fue seguido por un sorpresivo “te amo” que dijimos juntos y que, a pesar de parecer precipitado, a nosotros dos nos pareció el más sincero de todos.

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