Ante este pensamiento, él se sintió tan agraviado que quiso mover su cabeza, ¡para despertarla para poder razonar y discutir con ella! ¡A ver quién era el razonable! Pero al pensar en que ella finalmente se había quedado dormida, agotada por sus llantos y gritos, no podía soportar despertarla.
Se acostó de lado y la miró. Todavía tenía lágrimas en los ojos. Sus cejas estaban apretadas, su expresión tan decidida como siempre, tan decidida que estaba dispuesta a morir para conservar su dignidad.