Ahora, en este punto de su historia, las lágrimas todavía se deslizaban por sus mejillas en grandes y gruesas gotas. Su voz era ronca, como la de un viejo reloj que lleva mucho tiempo funcionando a la fuerza.
Miró a Lincoln, que permanecía derrotado a un lado acurrucado de cuclillas viéndose pálido y débil. Mantuvo la calma y le preguntó a Lincoln con desdén: "Lincoln Lynn, después de tantos años… Mi hija ya tiene casi treinta años. Quiero saber, ¿por qué la odias tanto?".
Lincoln se quedó s