“¡Oh, por Dios!” exclamó Aspen, golpeando la taza contra la mesa. Sus ojos fulminaron a Hannah. “Solo llevas un día siendo la esposa de ese inválido y ya eres tan arrogante, ¿no?”
Hannah tensó los dedos, intentando no dejarse provocar por sus palabras, pero los comentarios de su hermanastra la herían profundamente. Aun así, le costaba controlar sus emociones. Su corazón estaba destrozado.
“Tú deberías estar en mi lugar,” respondió Hannah.
Aspen soltó una risa burlona. “Oh, querida, ¿todavía no