Hannah salió del consultorio médico con una mezcla de alivio e incredulidad. El peso que había cargado durante tanto tiempo desapareció por completo, y llegó a la conclusión de que aquello se sentía como un milagro de Dios.
A pesar de que el médico sospechaba que los exámenes realizados en Summerhill habían sido erróneos, Hannah no quería seguir pensando en ello. Ya no había preocupaciones atormentando su mente; ahora podía concentrarse en su nueva vida y en el bebé que crecía dentro de ella.
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