Capítulo setenta y ocho. El sabor amargo de la libertad
Guillermo llevó a Richard a su oficina y luego pidió a uno de los enfermeros que trajera a Angélica. El doctor sabía que quizá era un error permitir esta visita, pero también quería medir la reacción de Angélica, saber hasta qué punto su recuperación era verdadera y firme. O si existía la posibilidad de que sucumbiera ante la presencia de su padre.
No obstante, Angélica no mostró ninguna reacción al ver a Richard frente a ella, su actitud fue casi indiferente.
—¡Hija mía! —exclamó Richard al mi