—¡No es mi maldita culpa! ¿Dónde estabas tú, Sinclair? —gritó Cassandra con todas sus fuerzas, incapaz de soportar tanta injusticia.
Su pecho subía y bajaba de forma irregular mientras luchaba por controlar la respiración. Sus dedos apretaban las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Acababa de despertar y no podía creer lo que estaba escuchando.
Todavía tenía la cabeza pesada, el cuerpo débil y el corazón apenas sosteniéndose después de enterarse del estado de Sienn