El lago se extendía frente a Esmeralda como un espejo quieto bajo la luz dorada de la tarde.
Esmeralda se había sentado en el borde del muelle de madera, las piernas colgando sobre el agua, todavía con los mismos jeans negros, la camiseta sencilla y la chaqueta que se había puesto a toda prisa aquella mañana mientras los empleados de Titan desmantelaban su vida. El moño imperfecto se le había aflojado y varios mechones caían sobre su cuello. En la mano sostenía una co