—¿Pistacho? —negué con asco y el muy idiota de Massimo río.
Estábamos en una heladería muy concurrida en Génova. Era mi último día con él en este viaje y me había encantado lo abierta y espontánea que se había vuelto nuestra no relación.
—Limón y fresa—pidió al final al dependiente de la heladería. Una vez con nuestros helados nos dirigimos a los asientos que estaban en la acera del local y nos sentamos a disfrutar de nuestro pedido.
El día era extrañamente cálido, por eso me había puesto un