Despierto antes que él. O eso creo. La luz del amanecer se cuela por la ventana, bañando la habitación con una claridad suave que contrasta con el peso en mi pecho. Giro apenas el rostro.
Adriano no está. No sé si me duele más la ausencia o el hecho de que no me sorprenda. La almohada aún conserva el calor de su cuerpo, pero el lado de la cama está vacío.
Me incorporo lentamente. El recuerdo de la noche anterior todavía vibra en mi piel. Sus palabras. Sus manos. Su promesa bajo las estrellas. Q