Capítulo 32. Pillados.
En la habitación de los niños, la luz tenue iluminaba los rostros de Ethan e Isabella, quienes se sentaban en el borde de la cama, rodeados de juguetes y colores. La frustración era palpable en el aire, como un peso que ambos llevaban en el corazón.
—Isabella, siento que no estamos en sintonía —dijo Ethan, con la voz temblorosa. —La maternidad ha cambiado tanto las cosas y yo... yo me siento perdido en medio de todo esto.
Isabella lo miró y reflejó en sus ojos la misma tristeza.
—Lo sé, Ethan.