Luciana apretaba los labios, intentando contener la oleada de emociones que la invadía. Estaba parada en la puerta de su casa, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras el viento nocturno agitaba su cabello oscuro. La rabia que sentía era tan intensa que apenas podía pensar con claridad. Santiago, su novio, estaba frente a ella, con la cabeza ligeramente inclinada y las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con ellas. El silencio entre ellos era denso, cargado de tensión.