Quiso llamar a su madre, pero desistió al imaginar lo preocupada que se quedaría si la escuchaba en ese estado. Inhaló y exhaló para poder apaciguar su triste corazón que no paraba de dolerle.
Después de unas horas, bajó al jardín y aspiró el aroma de las flores. Una dulce voz le sacó de su confort.
—Hola —murmuró Mikel.
Ella se quedó inmóvil ante la repentina aparición del joven doctor.
—¿Qué hace aquí? ¡Váyase! Me meterá en problemas.
—Tranquila. Solo quiero hablar.
La preocupación invadió a