Giselle miró a Catalina con incredulidad.
Catalina no quiso entrar en demasiados detalles, vio la cara incrédula de Giselle y, sintiéndose mucho mejor, dijo a sus dos cuñadas: —Entremos, que hace un frío.
Mientras volvía, le dijo a la mujer que la había seguido: —A partir de ahora, no dejes entrar a esta puta sin mi permiso. Si Ricardo se atreve a traerla otra vez, pregúntale si puede soportar la ira de su madre.
Giselle se quedó paralizada en el suelo.
Poco después llegaron Ricardo y sus herman