Casamardo miró apresuradamente a su alrededor y susurró nerviosamente: —¿No hay nadie que lo oiga, eh?
Estar en su casa pero no atreverse a hablar, incomodaba bastante a Casamardo.
Y cada vez le disgustaban más las normas familiares.
En otras familias, eran los hijos los que se encargaban de todo, pero aquí las cabezas eran las hijas.
En la familia Fisher, el estatus de las mujeres era superior al de los hombres y, como eran hombres, nunca les tocaba ser cabeza de familia.
—Están lejos, no creo