La cara del gamberro palideció.—¿Señor York, el hijo de la riquísima familia York?
—Vaya, parece que mi marido es tan famoso que hasta los gamberros conocen su gran nombre.
Los gamberros estaban en el suelo casi simultáneamente, gimiendo, ¡rompiendo en un ataque de maldiciones y golpeando el suelo!
Maldiciendo a la señorita Falsea un millón de veces. No era de extrañar que pagara tanto dinero para pedir a ellos que atacaran a esta mujer joven, resultó que ésta era la esposa del señor York.
La pe