La habitación de Vivienne estaba en penumbra, las cortinas medio cerradas para protegerse del sol de la tarde. Su teléfono brillaba en su mano mientras se desplazaba sin pensar, moviendo el pulgar sin ver nada realmente.
Su nombre todavía era tendencia. Ya no en voz alta. Pero en silencio. Como un hematoma que no había sanado.
La puerta se abrió con un chirrido.
“¿Vivienne?” La voz de su madre era suave. Cuidadoso. “Querida… ¿cómo estás?”
Vivienne no levantó la vista.
Su madre entró y cerró