Entró como si fuera dueña del aire mismo; sus caderas se balanceaban con gracia practicada, cada paso reflejaba seguridad en sí misma.
Un vestido de lentejuelas negro la abrazaba como un secreto susurrado, brillando bajo la lámpara de araña de cristal. Sus tacones dorados resonaron contra el suelo de mármol, agudos y deliberados como una cuenta regresiva.
Su cabello caía en ondas oscuras y brillantes sobre un hombro, y sus labios brillaban en un rojo audaz y sin remordimientos.
La audacia