En la sala del hospital, Lucío vigilaba a Ana, sin atreverse a pestañear, mirando seriamente a la mujer en la cama, temiendo que se perdiera algo y que ella desapareciera nuevamente ante sus ojos.
Mientras Lucío pensaba en cómo explicarle a Ana todo lo que había hecho, la puerta fue abierta desde el exterior.
Varios hombres de rostro severo, siguiendo al mayordomo, entraron sin pensarlo.
—¿Qué piensan hacer? Al ver que estos hombres no venían con buenas intenciones, Lucío se levantó de inmediato