El doctor aún recordaba las instrucciones previas de Lucas, por lo que no reveló toda la verdad. Al enterarse de que la enfermedad de Ana no era grave, los dos pequeños finalmente suspiraron aliviados.
—Qué alivio, mamá, de lo contrario nos habríamos preocupado hasta la muerte.
Ana extendió su mano y acarició las cabezas de los niños. Sin embargo, incluso este simple gesto resultó ser extremadamente difícil. Sentía que su mano pesaba como si tuviera mil kilos y se cansaba fácilmente al hacer cua