Ana sabía que saltar del coche no era la mejor opción, pero por algún motivo, sentía un peligro inminente en cada movimiento del conductor.
Era su instinto, advirtiéndole de que si no escapaba pronto, perdería la vida.
Al saltar del coche, Ana rodó por el suelo y su piel se raspó contra el áspero asfalto. Empezó a sangrar. Debería haber sido un dolor insoportable, pero por la adrenalina, no sintió nada.
En ese momento, no le importaba nada y corrió frenéticamente en dirección contraria al coche,