Al oír que se trataba de Ana, la ira de Hugo se desbordó aún más. A esta mujer, que había cometido actos tan deplorables, la había perdonado solo por el bien de sus dos hijos.
Para su sorpresa, Ana ahora actuaba con tal audacia que parecía no tenerle ningún respeto.
—De todas maneras, yo también tengo la culpa. Anteriormente, su madre vino a buscarme para pedirme que le devolviera a los niños. Naturalmente, me negué. En medio de la discusión, la empujé accidentalmente y ella se cayó. Aún no ha