336. A jugar a la mancha
Kiara
Después de un baño largo... que ni de lejos apagaba lo que sentía, me vestí de forma automática. Mis movimientos eran lentos, casi arrastrados, como si el cuerpo estuviera tan cansado como la mente.
El agua se había llevado el sudor, pero no el peso de la mañana. Ni la forma en que él me había mirado. Ni su voz, que resonaba cada vez que cerraba los ojos.
Bajé las escaleras, ajustándome la blusa, con el cabello aún húmedo cayendo sobre mis hombros. Y fue allí, en el recibidor, que vi a mi