Valeria asintió y lo siguió. La oficina era un espacio tranquilo, decorado con elegancia y sobriedad, un refugio del caos del mundo exterior. Emiliano cerró la puerta detrás de ellos y se sentaron, enfrentándose el uno al otro.
— Sé que todo esto ha sido un desastre — empezó Emiliano —. Y sé que gran parte de la culpa es mía.
Valeria lo miró, sus ojos llenos de emoción contenida.
— No es solo tu culpa, Emiliano. También es mía por permitir que las cosas llegaran a este punto. Pero no puedo s