173. LA NUEVA MESERA
MÓNICA
No tenía por qué contenerme.
Aquí no vendría nadie y tenía a un Alfa buenarro y todo mío para violármelo la noche entera.
Me incorporé con las piernas algo suaves.
Me giré y lo empujé contra el colchón.
Este cuartito era pequeño y solo para mi uso personal.
Henry cayó con un golpe sordo, dejándose hacer.
Los pantalones aún enredados en sus tobillos sobre los zapatos puestos, de la primera vez que me empotró contra la mesa y comenzó a comerse mi coño para luego penetrarme tan rico.
—Quíta