La cabaña se levanta en medio del bosque como un secreto maldito. El aire está espeso, el cielo encapotado, y cada rama que cruje bajo los pies parece advertir que no hay retorno posible.
Cristóbal maneja en silencio, con las manos apretadas al volante. La tensión se acumula en sus hombros, en su mandíbula, en su pecho que apenas puede respirar. Úrsula va a su lado, pero ya no dice nada. La expresión en su rostro es de acero templado. Fría. Decidida.
Cuando llegan, bajan sin decir palabra. Úr