–Señorita Amara, vengo a decirle que acepto su propuesta, pero tengo un par de condiciones que me gustaría discutir– informo, sin permitir que la urgencia sea eclipsada por formalidades innecesarias.
–Habla, te escucho– me ordena.
Ella se sienta con una elegancia que parece sacada de otro mundo, como si su presencia misma dominara el aire. Sus ojos, oscuros y calculadores, me atraviesan con una mirada tan penetrante que siento como si estuviera desnudo ante ella. Con un movimiento lento y d