Amara no piensa, no razona, solo actúa. Con el corazón golpeándole contra el pecho y los pensamientos a la deriva, corre hacia la entrada del edificio, cada paso un eco de desesperación. Las gotas de lluvia comienzan a caer, ligeras al principio, pero pronto se transforman en una cortina implacable que empapa la ciudad. Pero para ella, el agua, el frío, nada de eso importa. Solo hay un pensamiento, una súplica constante en su mente: hablar con él.
Liam, con la expresión más distante que jamás