Liam camina de un lado a otro como un lobo enjaulado. Sus pasos son erráticos, pero cargados de rabia contenida. Se detiene frente a la pared y, sin pensarlo, lanza un puñetazo seco, haciendo que la pintura se astille.
–Cristóbal todavía no ha llamado… –escupe entre dientes, con el ceño fruncido y las manos temblorosas. – Esto era una maldita trampa desde el inicio. ¡Lo sabía! Sabía que tenía que seguirlo, vigilar cada uno de sus movimientos. No debimos confiar.
–Liam… tranquilo, por favor –d