El arma explotó. El estruendo destrozó el aire de la habitación.
Una onda de choque violeta me recorrió las muñecas, enviando un dolor punzante hasta mis hombros. Por un segundo, todo se quedó en completo silencio. Ya no había ruido aquí, como si el disparo de mi arma hubiera silenciado a todos.
Finalmente abrí los ojos para ver a quién le había dado. Miré a la izquierda. Miré a la derecha.
Mi bala no había alcanzado a Julian, y tampoco a los hombres que luchaban con Silas.
En ese milisegundo d