La estridencia de la alarma se tragó cualquier otro sonido en la habitación.
—¡Entró en paro!
El médico principal se abalanzó hacia el monitor, con sus manos enguantadas moviéndose con profesional urgencia.
—¡El pulso está cayendo!
—¡Ochenta...!
—¡Sesenta...!
—¡Cuarenta...!
El pitido agudo del monitor continuaba con su chillido ininterrumpido, atravesando mi oscuridad como una hoja afilada.
—¡Despejen!
Una descarga violenta me golpeó el pecho. Mi cuerpo se sacudió con fuerza sobre el colchón y