Durante una fracción de segundo, la habitación se congeló, atrapada en el agresivo zumbido de cuatro teléfonos vibrando exactamente al mismo tiempo. No era una notificación normal. Era ese zumbido pesado y urgente que, al instante, hace que se te caiga el estómago al suelo.
El zumbido cesó. Nadie se atrevió a moverse.
Silas seguía sin bajar su arma de la puerta donde todos estábamos de pie; sus ojos se desviaron hacia la pantalla sujeta a su chaleco táctico. Al otro lado de la habitación, Elias