Los días fueron pasando y la situación no hizo más que empeorar. Alicia ya no sabía qué hacer para complacer a su madre. La convivencia en casa se había vuelto imposible; no había minuto u hora en la que aquella mujer no le reprochara algo. Le recalcaba lo zorra que había sido, le repetía que así no la había criado, que la creía más astuta. La acusaba de ilusa, de idiota, de cualquier cosa que se le viniera a la mente. Cada día era una batalla interminable, una que tenía a Alicia al borde de la