—Buenos días, señoritas, espero que no se molesten por detener el ascensor.
Se disculpa el atractivo hombre, mientras las deja apreciar su seductora sonrisa que haría que cualquier chica se lance sobre él y le pida ser suya. Ese siempre ha sido el efecto que Andreus Constantino causa en el sexo opuesto, sin importar la edad. Un sinnúmero de mujeres casadas quisiera pecar con él, dejarse llevar de la lujuria que expide el incorregible por sus poros y gritar toda la noche su nombre. Sin embargo,