NIREYA
El cielo se abrió en cuanto salimos de la casa de la bruja y la lluvia empezó a caer a cántaros, empapando mi ropa en segundos.
Jadeé por el repentino frío que sentí y mi cuerpo, ya exhausto, seguía protestando por la incomodidad añadida.
Los brazos de Valen me apretaron al instante, cambiando de posición para protegerme de lo peor.
Pero ni siquiera su considerable tamaño pudo detener toda la lluvia, y en cuestión de segundos ambos estábamos empapados.
"¡Cielos!", murmuró, buscando refug