Punto de vista de Valen
La fiebre bajó la tercera mañana.
Sí, así la llamaban, porque literalmente empeoró y fue como si una puerta se abriera de golpe.
En realidad, fue como una lenta y húmeda rendición del calor que se retiraba de mi piel poco a poco, dejándome empapada, escurrida y temblando entre sábanas que olían a sudor y a la pasta medicinal.
Maraz, la enfermera del grupo que me atendía, me había estado presionando el cuello cada cuatro horas.
Tres días.
El pensamiento me vino a la mente