Tres días.
Llevaba aquí tres días y estaba perdiendo la maldita cabeza.
No estaba perdiendo la cabeza por el maltrato o por las amenazas o la violencia o cualquier cosa contra la que pudiera luchar con rectitud. Sino por bondad y por consuelo.
Porque cada momento en esta jaula dorada hacía que fuera más difícil recordar por qué necesitaba irme.
Estaba sentada en el jardín porque aparentemente el territorio de Darius tenía jardines reales con flores, senderos y bancos que no estaban cubiertos co