Las conversaciones frenaron en seco, las bolas dejaron de rodar sobre la mesa de billar. Incluso escuché a Isabel proferir una maldición entre dientes.
El silencio que siguió a su pregunta fue tal que podría escucharse caer un alfiler. Creí que usar un ajustado vestido eliminaría cualquier suposición sobre mi embarazo, pero no había contado con la presencia de alguien como Dianna, una chica tan aguda y de ágil pensamiento.
—Sí espera un hijo, debo felicitarlo.
—¿De dónde sacaste eso? —preg