Al volver a casa, lo primero que vi fue el lustroso Rolls Royce del señor Demián aparcado en el estacionamiento subterráneo de la casa. Mad estacionó su auto al lado del otro y bajó del coche conmigo.
Me dio una reconfortante palmadita en la espalda.
—No pasa nada, Livy, yo inventaré una excusa por haberte traído a casa tan tarde.
Esbocé una leve sonrisa y ambos subimos las escaleras. En la cocina, encontramos a Madame Mariel preparando la cena.
—Hola, Madame —la saludó Mad—. ¿Dónde está