Volví a la habitación con la intención de pensar y calmarme. Pero, cuando apenas habían trascurrido pocos minutos, la puerta se volvió a abrir y el señor Demián entró.
Por un eterno segundo nos miramos fijamente, yo con los ojos algo llorosos, y él con un abrasador fuego oscureciendo su mirada.
No dijo nada, ni tampoco me dio la oportunidad de decirle algo, sino que se abalanzó sobre mí. Me tomó por las caderas y me pegó rudamente a su pelvis. Me besó casi con hambre, hasta impedirme respira