—Lo siento, Mabel. Pero es la verdad, cariño —susurró sosteniendo su rostro con cuidado, encargándose de calmarla con amor y borra todo rastro de lágrimas en su cara —. Cuando naciste, fuiste esa segunda oportunidad que vi de hacer lo mejor por ti, Giselle te miraba con malos ojos, porque cada vez que te veía estaba mirando a ese hombre, pero yo solo miraba a mi pequeña nieta, a una niña que merecía la felicidad y no la calamidad por cuestiones del pasado y de los que ni siquiera tenías la culp