Mateo empujó la comida hacia Lucía. —¿Quieres que te dé de comer?
Lo dijo con mucha calma. Lucía no creía que realmente fuera a alimentarla.
—Si no quiero comer, no quiero comer. ¿Acaso no tengo ni siquiera esa libertad? —respondió Lucía fríamente.
Mateo no dijo nada.
Pero al siguiente instante, realmente acercó la comida a los labios de Lucía.
En ese momento, los ojos negros de Mateo la miraban tranquilamente, sin la frialdad penetrante habitual.
Lucía quedó paralizada.
—Hay que comer —dijo él